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sábado, mayo 18, 2024
Nacional

La paradoja destructiva de AMLO

Un líder gobierna para el presente y el futuro, los estadistas además aprovechando las lecciones del pasado. Se busca el éxito hoy, pero además el reconocimiento del mañana. Ese legado representa realmente el éxito o fracaso de lo hecho. Y si algo caracteriza a Andrés Manuel López Obrador es su obsesión por ese lugar en la historia. Ningún presidente ha sido tan pretencioso al respecto, tan obstinado en presentarse a sí mismo como un líder fuera de serie.

“Cuarta transformación” representa esa idea de encabezar un gobierno tan transformacional, histórico, como lo fueron Independencia, Reforma y Revolución. “4T” es ahora una expresión trillada para denominar al gobierno, y se olvida el egocentrismo que rezuma y resume. Al inquilino de Palacio Nacional no le basta saber que su mera elección le otorgó un lugar en los anales del país, ser uno de los poquísimos mexicanos que llegó a la cúspide del poder político que solo se ofrece una vez cada seis años. Aspira, suspira, por mucho más, su efigie acompañando las de Hidalgo, Morelos, Juárez y Lázaro Cárdenas. Ser uno de esos titanes que surgen solo una vez, quizá dos, por siglo.

El problema es que la imaginación del macuspano es similar a su desmedida ambición. Sus largos años en campaña lo habituaron a ofrecer frases y no planes, ser el campeón de la improvisación, presentar soluciones sencillas para problemas complejos basado en un diagnóstico tan simple como erróneo. Gobernar no sería difícil. Por eso el sello de su política pública es la convicción carente de planeación, eso sí, pletórica de retórica.

Tras cuatro años, quizá López Obrador empieza a percibir que la realidad lo alcanza, que el tiempo que pensó largo se agota, y tiene a la vista el final de su gobierno. Puede ser que por fin entienda que, como parte de ese legado histórico que tanto ambiciona, los mexicanos no disfrutarán de un sistema de salud de excelencia, con medicinas, consultas y cirugías gratuitas, un gemelo del existente en Dinamarca, sino las ruinas del Seguro Popular en que hospitales y clínicas carecen de lo más básico.

Está constatando que su sueño de construir una refinería en tres años a un bajísimo precio, es en realidad una pesadilla que probablemente no entregará un solo barril de gasolina en su gobierno, y a un costo que probablemente más que duplicará el presupuesto original. Peor, que Petróleos Mexicanos no fue una palanca para el desarrollo, menos todavía un pilar para la soberanía energética, sino un agujero negro al que arrojó miles de millones de dólares.

Dinero a raudales igualmente malgastado en el Tren Maya. AMLO ya descubrió que no solo se trataba de dibujar rayitas sobre un mapa de la península de Yucatán pasando por ciudades y decir: “esta es la ruta”. Lo que ahora enfrenta es una pesadilla de destrucción ambiental al tiempo que desvía trayectos para ahorrar dinero y acabar algo, lo que sea, que pueda inaugurar.

Algo parecido al “mejor aeropuerto de América Latina” del que nadie quiere volar (ni siquiera el mismo Presidente), pero que ofrece conciertos y funciones de lucha libre, aparte de un tianguis. Esto a cambio de la destrucción de lo que hubiera sido una terminal excepcional en Texcoco, pero que había sido idea de su detestado antecesor.

AMLO sin duda será recordado en el futuro, pero como un inepto mesiánico que creyó que imaginación y voluntad bastaban para transformar a un país. Nunca entendió que los titanes de la historia son constructores.

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