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sábado, mayo 25, 2024
Internacional

La Guerra Santa de Putin sacude la unidad del cristianismo


CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Kirill, patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, justifica y apoya decididamente la invasión a Ucrania. El Papa Francisco toma distancia, cancela la reunión con el patriarca ruso pactada para fin de año. Las iglesias, en lugar de convertirse en semilla de reconciliación, se dejan cortejar por quienes las quieren enrolar bajo su propia bandera. El cristianismo, ortodoxo y católico, está tensionado y arrastrado por la polarización geopolítica de la invasión. El conflicto amenaza el diálogo religioso y condena a la ruina el anhelado diálogo ecuménico.

Sin duda la invasión rusa a Ucrania tiene elementos religiosos en su entramado. Pero no es el origen ni la causa. Hay trasfondos sociales y culturales que penetran los estamentos religiosos. Refleja la tensión cismática en curso entre las iglesias ortodoxas, en particular la confrontación de los dos países. La Iglesia Ortodoxa Rusa reclama autoridad y primacía sobre los creyentes de Ucrania. Kirill se opone firmemente al establecimiento y reconocimiento de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana. El propio Putin ha condenado la creación de esta última, calificándola de intento de “legalizar las comunidades cismáticas que existían en Ucrania bajo la jurisdicción del patriarcado de Estambul”.

Como sabemos, el 11 de octubre de 2018 el Patriarcado de Constantinopla anunció otorgar la autocefalia a la Iglesia Ortodoxa de Ucrania, haciéndola independiente de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Las tensiones en el contorno ortodoxo se agudizan. Lituania también alberga una Iglesia Ortodoxa que pertenece al Patriarcado de Moscú. Pero la cabeza de dicha Iglesia en Lituania condenó la invasión. Y ahora, entre cristianos ortodoxos del país también han comenzado a suscitarse sentimientos secesionistas. Según el ministro lituano Landsbergis, las autoridades del país están participando en consultas sobre la separación de la Iglesia Ortodoxa Lituana de Moscú.

El campo religioso a nivel internacional se ha desordenado. Los ánimos se crispan y posturas tirantes se entrelazan entre los cristianos. El exarzobispo de Canterbury, Rowan Williams, ha pedido la expulsión de la Iglesia Ortodoxa Rusa del Consejo Ecuménico de Iglesias, como si ser ortodoxo fuera una imperfección. El servicio diplomático de Lituania ha propuesto a la Unión Europea imponer sanciones al patriarca Kirill porque justifica la violencia contra Ucrania. Los uniatas greco-católicos reclaman al Papa Francisco por no ser más severo y confrontar tanto a Kirill como a Putin. El Papa no irá a Kiev y ha cancelado la reunión con Kirill programada para este diciembre. Dice: “De qué sirve ir, si sigues disparando”. La Conferencia Episcopal Alemana acredita el rearme de Alemania anulando tratados de paz.

Bajo el mármol blanco del templo catedralicio del Cristo Salvador del Patriarca de Moscú, Kirill, líder de la mayoría de los ortodoxos en el mundo, sentenció: “Hemos entrado en una guerra que no tiene sólo un significado físico, sino metafísico. Estamos ante una cruzada contra las naciones que defienden los derechos de los homosexuales y contra los estilos de vida que consideramos pecaminosos y contrarios a la tradición cristiana y al fin de la civilización humana”. La alianza y apoyo a Putin es total. Kirill abandona el discurso pacifista y se asume salvacioncita. Junto a Putin, los patriarcas rusos son fieles a la idea de Russkij Mir, el mundo o universo ruso, con Moscú como centro político y Kiev como cuna espiritual. Una “rusiedad” que en estos momentos es peligrosa para la estabilidad y la paz mundiales. Según muchos analistas, Kirill se ha convertido en un instrumento religioso para justificar y legitimar la guerra. Otros se preguntan si Kirill no es portador de un fundamentalismo ortodoxo.

Claramente es palpable el distanciamiento del Vaticano. Ante la mancomunidad orgánica entre el Kremlin y el patriarcado ruso, el cardenal secretario de Estado, Pietro Parolin, reprocha la postura ortodoxa: “Las palabras de Kirill no favorecen ni promueven un entendimiento; al contrario, corren el riesgo de agitar aún más los ánimos y de ir hacia una escalada y no resolver pacíficamente la crisis”.

El Vaticano se mueve en dos vías: la diplomática y la humanitaria. La primera se refiere a la mediación para poner fin al conflicto. “La Santa Sede –explicó el Papa– está dispuesta a todo, a ponerse al servicio de esta paz”. La segunda es la ayuda humanitaria. “Hago mi llamado de corazón –dijo Francisco– para que los corredores humanitarios estén verdaderamente asegurados, y para que se garantice y facilite la ayuda en las zonas sitiadas, para ofrecer ayuda vital a nuestros hermanos y hermanas oprimidos por las bombas y el miedo”.

Todo indica que la vía diplomática de Francisco ha fracasado. La diplomacia vaticana se activó inmediatamente, desde la visita sorpresa del Papa a la embajada rusa ante la Santa Sede hasta la llamada telefónica del cardenal Parolin al ministro de Asuntos Exteriores de Moscú, Sergej Lavrov.2375

Sin embargo, el pasado martes 3, en entrevista con el periódico italiano Corriere della Sera, Francisco reveló que le envió un mensaje a Putin y que estaba dispuesto a ir a Moscú. Pero “no hemos tenido hasta ahora respuestas y estamos insistiendo. Parece que Putin no puede y no quiere hacer este encuentro en este momento”.

El patriarcado ruso se ha opuesto sistemáticamente a una visita pontifical desde hace lustros. De hecho, Juan Pablo II, el papa viajero, nunca pisó suelo ruso.

Por otra parte, Francisco envía una señal de imparcialidad al Kremlin al recriminar a la OTAN que “quizá los ladridos de la OTAN a la puerta de Rusia provocaron que el presidente ruso, Vladimir Putin, optara por tomar esa decisión”. ¿Estamos ante el regreso de la Ostpolitik?, la política vaticana utilizada durante la Guerra Fría de no cerrar la puerta con gobiernos socialistas, a pesar del carácter irreconciliable de la relación política impulsada por el legendario secretario de Estado Agostino Casaroli.

Francisco, a pesar de que la puerta rusa se le ha cerrado, defiende sus “muy buenas” relaciones con el jefe de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Y recuerda la declaración conjunta por la unidad firmada por el Papa y el patriarca ruso en Cuba en 2016, previo a la visita a México. En el documento, ambos jerarcas hacen votos por la paz y el entendimiento no violento en Ucrania.

La historia nos muestra que ninguna guerra tiene motivos puramente religiosos, ni las cruzadas. La religión, por el contrario, puede ser un factor de entendimiento, diálogo y pacificación, pero también de radicalización y exacerbación de los actores en conflicto. Lo religioso es utilizado principalmente por los líderes políticos, militares y hasta eclesiásticos por diferentes razones, como justificación y otorgamiento de legitimidad del conflicto. Pura manipulación, como la Guerra Santa de Putin.

Este análisis forma parte del número 2375 de la edición impresa de Proceso, publicado el 8 de mayo de 2022, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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