La appificación de la sociedad, provoca filtros
Pongamos todo en perspectiva // Carlos Villalobos
Nos vendieron la idea de que todo debía caber en una aplicación, desde pedir comida, pagar servicios, moverte por la ciudad, incluso existir administrativamente. Las apps han sido canonizadas como sinónimo de modernidad, eficiencia y cercanía, pero pocas veces se dice algo que es obvio, cada aplicación puede ser también una barrera.
La appificación de la sociedad no democratiza por sí sola, al contrario, ordena el acceso según quién puede cumplir los requisitos invisibles. Tener un celular relativamente nuevo, datos móviles suficientes, espacio de almacenamiento, una cuenta bancaria, un correo electrónico activo, memoria para contraseñas y tiempo para resolver errores técnicos. Todo eso se asume como punto de partida, cuando en realidad es un privilegio acumulado.
Cuando un derecho se convierte en trámite digital, deja de ser universal, se transforma en un filtro. No importa si hablamos de transporte público, salud, apoyos sociales o participación ciudadana, el mensaje es el mismo si no puedes entrar a la app, no existes en el sistema.
El discurso oficial suele insistir en que “la tecnología acerca al gobierno a la gente”, pero en la práctica, lo que hace es alejar a quienes viven con lo mínimo, a quienes comparten un celular, a quienes no pueden pagar datos todo el mes, a quienes trabajan jornadas completas y no pueden perder horas frente a una pantalla esperando que el sistema cargue. La brecha digital también es de desgaste.
Este proceso suele venir acompañado de algo más delicado, la normalización de entregar datos personales a cambio de servicios básicos. Historiales, ubicación, biométricos, hábitos de consumo y todo bajo avisos de privacidad extensos que nadie lee completos porque, si no aceptas, no avanzas, es decir, consentimiento forzado al que le llaman modernización.
Por si fuera poco, cuando todo se vuelve app, la responsabilidad se traslada al individuo. Si no pudiste registrarte, fue tu culpa, si no te llegó el beneficio, algo hiciste mal, si no lograste usar el servicio, “es muy fácil, solo descarga la app”.
La desigualdad no desaparece solo con íconos bonitos ni con slogans de innovación, mas bien, se profundiza cuando el acceso a bienes y servicios depende de habilidades digitales, infraestructura privada y paciencia infinita. Mientras algunos resuelven todo desde el celular, otros quedan atrapados en un limbo donde lo presencial ya no existe y lo digital nunca termina de funcionar.
Al final del día, esta dependencia absoluta de lo digital desmantela el tejido de la mediación humana y la empatía institucional. Al sustituir la ventanilla por una interfaz, se elimina la posibilidad de explicar una excepción, de entender una urgencia o de asistir a quien no encaja en el algoritmo.
La eficiencia se convierte en una armadura burocrática detrás de la cual el sistema se vuelve intocable y sordo lo que se nos presentó como una herramienta de empoderamiento termina siendo un mecanismo de exclusión silenciosa que nos deja solos frente a una pantalla, recordándonos que, en la era de la hiperconexión, nunca habíamos estado tan desconectados de nuestros propios derechos.
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