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viernes, mayo 17, 2024
Veracruz

El Cristo Negro, la historia de su devoción

CARLOS VALIS/CALOR NOTICIAS

Tres Valles, Ver.-En la Cuenca del Papaloapan, existe un municipio intrínsecamente ligado al fervor religioso y los milagros.  Es un pueblo detenido en el tiempo: Otatitlán, Veracruz.

De acuerdo con documentos que la misma parroquia distribuye, esta fe se centra en una imagen del Cristo Negro, asentado en el templo del mismo nombre, el cual tiene dos historias tradicionalmente arraigadas sobre su llegada al municipio.

Hoy te compartiremos ambas historias, como parte de la responsabilidad de preservar la tradición oral y escrita de los pueblos de esta región del estado.

La primera narración la escribió Joseph Villaseñor y Sánchez en el año de 1746, según testimonio que él recogió de los archivos de la cofradía del Señor de Otatitlán.

En su obra nos dice que dos hermosos mancebos de gallarda presencia, llegaron a la casa de un indio que tenía una troza de cedro y su deseo era que un distro escultor le labrara una imagen de Nuestro Señor crucificado.

El indio les platicó su anhelo y ellos le dijeron que conocían el arte de la escultura. De inmediato se arreglaron, les dio alimentos y al día siguiente cuando fue a visitarlos hallo ¡Oh prodigio y Omnipotencia Divina! La troza convertida en prodigiosa efigie de Cristo crucificado. Los ángeles habían desaparecido dejando dinero y alimento.

La segunda narra: “Los siguientes datos escritos por Don Antonio de Alcedo, capitán de la Guardia Española y miembro de la Real Academia de Historia, en su Diccionario Histórico de las Indias Occidentales”.

“…En las postrimerías del reinado de Augusto, hijo de la infanta portuguesa de Carlos V de Alemania y de España, es decir a principios de septiembre de 1595, Felipe II, luchados contra los infieles y los herejes, manejador del arma más temible del siglo XVI, que en la historia se conoce como Santo Oficio, comisionó al Duque D´Onoju a tratar con el escultor Juan Donnier para la fabricación de tres esculturas de Jesús Crucificado.

El precio por éstas fue de 6 mil 900 marcos. Dichas esculturas fueron entregadas el 9 de enero de 1596 y enviadas a la Nueva España.

Llegaron a la Villa Rica de la Veracruz, el día 20 de abril de ese mismo año, bajo la custodia de don Ruperto García, Don José Márquez Gallardo y Don Jacobo de la Torre, éste último comisionado para trasladar una de las imágenes al pueblo de Chalma, hecho que ocurrió el 8 de mayo de 1596.

Don Ruperto García llegó el 10 de mayo de 1596 a la provincia de Guatemala e hizo entrega de las esculturas, con el nombre del Señor de Esquipulas.

La nave “Aria” llegó el 22 de abril de 1596 al puerto de Alvarado, entrando en la barra del rio Papaloapan, a las 2:00 horas de la tarde, enfilando su viaje hacia Tlacotalpan, en donde contrataron los servicios de unos botes, pues debido a la poca profundidad del rio, no era posible seguir en embarcaciones pesadas.

Se destinó un bote exclusivamente para transportar a la imagen que celoso cuidaba Don Ruperto García. Mientras que en otro bote viajaban Don José Márquez Gallardo y Don Rómulo Padrón.

A la puesta del sol del segundo día, llegaron hasta un lugar que los naturales llamaban “Tich”, hoy conocido como Texas, donde por desconocer el español sus pobladores, que eran indígenas, no pudieron entenderse con ellos, continuando hasta la desembocadura del rio Tonto, donde arribaron el 28 de abril de 1596.

Siguieron su curso hasta anochecer y llegaron a Puctlancingo, poblado que la “civilización” sepultó en el vaso de la presa “Miguel Alemán Valdez” en Temazcal, Oaxaca.

En este lugar los indígenas ya tenían nociones de la fe católica, que predicaron en su oportunidad los misioneros que acompañaron a los conquistadores españoles, por lo que resulta inexplicable que los comisionados en lugar de dialogar con los indios, hayan abandonado la sagrada imagen, la cual fue encontrada al otro día por el matrimonio indígena formado por Rafael Manuel y Tribia Juana.

Permaneció el Cristo en Puctlancingo, donde era objeto de profunda veneración, registrándose numerosas peregrinaciones de creyentes de toda la sierra, atribuyéndosele grandes milagros hasta febrero de 1957.

En ese tiempo, azotados por una terrible epidemia de viruela, los pocos sobrevivientes emigraron rio abajo, llegando a la desembocadura del rio Tonto, para seguir el curso del rio hasta llegar a Otatitlán, de donde no pudieron continuar adelante, pues un poderoso remolino los arrojó a la orilla y temerosos de naufragar y perder la sagrada imagen se desembarcaron a la sombra de un tamarindo.

Este hecho se interpretó como una señal; ahí era el sitio elegido para quedarse. Así el 14 de septiembre del año 1597, la efigie de Cristo llegó y fue desembarcada en San Andrés de Otatitlán, bajo la admiración y asombro de los indios naturales de esa tierra.

A partir de ese momento todos dieron gracias a Dios y lo comenzaron a adorar.

El día 14 de septiembre de 1838, la sagrada imagen del Cristo Negro fue trasladada al pueblo de Chacaltianguis, por orden del Ilustrísimo Señor Obispo de Antequera (Diócesis de Oaxaca) y regresada a su santuario de Otatitlán el 14 de septiembre de 1840, atendiendo a las suplicas y lágrimas tumultuarias de los peregrinos, especialmente de Córdoba y Orizaba, que atravesando a pie toda la sierra de Oaxaca fueron a entrevistarse con el Obispo para que revocara la orden.

Como consecuencia el jefe eclesiástico se conmovió, comisionando al Padre José Blanco para reinstalar la imagen en su santuario.

Le cortan la cabeza al Cristo

Al concluir la Revolución, vino la persecución religiosa y en Otatitlán hubo acontecimientos fundamentales, ya que el fanatismo incomodaba al gobierno en turno.

Fue robada la imagen del Cristo de su parroquia por esbirros del Coronel Adalberto Tejeda, entonces gobernador de Veracruz, un 8 de septiembre de 1931, ordenando quemar la imagen fuera del pueblo, para lo cual le vaciaron una lata de petróleo.

Grande fue su sorpresa al ver que el Cristo no ardía, no obstante, estar fabricado de madera. Sin atemorizarse y sin ningún respeto los sicarios de Tejeda optaron por cortarle la cabeza, para llevarla y comprobar su trabajo, lo que hicieron con un serrucho.

El pueblo conmovido y llorando, lo mismo hombres, mujeres y niños, acudieron hasta el lugar donde se cometió la infamia, rescataron la imagen de un montón de cenizas y mayor fue su sorpresa de todos, al comprobar que, como si se hubiera tratado de carne viva, sólo tenía ámpulas a un costado.

En 1931, o sea el mismo año de la decapitación del Cristo, el templo fue cerrado y perseguido el cura, por lo que las misas se celebraron en casas particulares, como la de Don Manuel Morales y Don Joaquín Beltrán.

En 1932, la feria que con motivo de la veneración del Cristo Negro se efectuaba cada año, fue suspendida.

Se reinició en 1933, cuando el escultor de apellido Olaguibel, le construye otro rostro, por cierto, muy hermoso y se normalizan anualmente las festividades.

Por los años cincuenta fue devuelta la cabeza, sin tener datos de quién o de dónde la mandaron.

Más tarde, también anónimamente fue enviado el serrucho con el que se cometió el aberrante acto de decapitación; siendo estos acontecimientos vistos como hechos milagrosos, que se difundieron por todas partes, aumentando la veneración y la devoción por el Señor del Santuario. El Milagroso Cristo Negro de Otatitlán.

En Ocasión del IV centenario de dicho acontecimiento el 14 de septiembre de 1997, con la finalidad de rememorar su llegada por el rio Papaloapan, se realiza una impactante peregrinación por tierra llevando la imagen en un tramo de 15 kilómetros, cargando al Cristo en hombros, entre los estados de Oaxaca y Veracruz.

La sagrada imagen fue depositada nuevamente en una balsa y puesta en el rio, a la altura del poblado de San José Papaloapan, soltándose al flujo de la corriente, siguiendo su curso hasta su destino final: Otatitlán. A partir del año 2000 se realiza cada año el 13 de septiembre, siempre y cuando el clima lo permita, ya que llueve mucho en esa época.

Foto: Imagen tomada de Facebook

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