Balas y bulos
Pongamos todo en perspectiva // Carlos Villalobos
La semana pasada ocurrió un hecho que, por sí mismo, ya era suficiente para sacudir al país: fuerzas federales abatieron a Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, en Tapalpa, la reacción fue inmediata y se resintió con bloqueos, ataques, incendios, tensión extendida en varios estados. El operativo abrió un capítulo delicado en materia de seguridad, pero junto a la violencia real apareció otra capa, igual de expansiva: la desinformación.
En cuestión de horas comenzaron a circular imágenes de supuestos incendios en Puerto Vallarta que no correspondían a los hechos. Videos de otros contextos fueron presentados como ataques recientes, se habló de agresiones en el Aeropuerto de Guadalajara que después fueron desmentidas. El Observatorio de Medios Digitales del Tecnológico de Monterrey estimó que entre tres y cinco millones de exposiciones a contenido falso ocurrieron en las primeras 48 horas tras el operativo. Millones de personas recibieron una versión alterada de la realidad mientras la situación aún estaba en desarrollo.
Parte del material difundido estaba generado con herramientas de inteligencia artificial capaces de producir imágenes convincentes a primera vista. Otra parte del material circulado fueron videos antiguos reciclados con nueva narrativa. La mezcla es peligrosa, lo fabricado y lo descontextualizado circulan con la misma velocidad que los hechos verificados.
Cuando eso ocurre, la percepción de seguridad se distorsiona, el miedo se amplifica más allá de lo que la información confirmada permite sostener. Negocios cierran por rumores, familias toman decisiones precipitadas, la sensación de caos se instala incluso en zonas donde no hubo incidentes directos. La desinformación potencia la violencia y puede generar más problemas
En ese escenario, la comunicación institucional adquiere un peso mayor. Los vacíos informativos no permanecen vacíos, se llenan y casi nunca con datos sólidos. En Jalisco, las declaraciones oficiales de autoridades estatales llegaron con matices y retrasos que dejaron margen para interpretaciones. El gobernador habló de “horas críticas” y de coordinación con autoridades federales, pero la narrativa pública ya había sido ocupada por versiones no verificadas que corrían con ventaja en chats y redes. Pablo Lemus esperó a que reaccionará el gabinete de seguridad nacional, es decir, no reaccionó como debía, lo que parece ser la marca de la casa
Hay actores que encuentran beneficio en sembrar percepción de descontrol absoluto. La guerra no se libra únicamente con armas, hoy también con relatos y con internet. Cuando la narrativa dominante es la del caos total, incluso si los hechos son más complejos y contenidos, el impacto es profundo: erosiona la confianza en instituciones, desgasta a la población y normaliza la incertidumbre permanente.
En medio de todo esto, la ciudadanía no puede asumir un papel pasivo, compartir sin verificar ya no es una imprudencia menor. Es una contribución involuntaria a la expansión del miedo. Contrastar con fuentes oficiales, esperar confirmación, desconfiar de imágenes demasiado espectaculares, revisar fechas y contextos son prácticas básicas en un entorno donde la manipulación visual es cada vez más sofisticada.
Quienes trabajamos en comunicación tenemos una carga adicional, confirmar antes de publicar, contextualizar antes de opinar, frenar el impulso de ser los primeros cuando eso compromete la precisión. La prisa es aliada del error y en momentos de violencia, el error tiene consecuencias.
El operativo en Tapalpa dejó un saldo tangible en materia de seguridad, pero también dejó una lección sobre el estado actual del espacio informativo. La violencia física puede ser contenida con despliegues y estrategia, pero la violencia narrativa exige algo más difícil: criterio colectivo.
En tiempos donde una imagen generada en segundos puede recorrer el país en minutos, la diferencia entre informar y propagar miedo depende, muchas veces, de una decisión individual.
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