De los reeleccionistas

La piedra en el zapato, zote de huleras y culebros.

Por Manuel Ábrego.
Es posible que dos personajes en el Más Allá se estén agitando, uno de ellos, el Sr. General Don Porfirio Díaz, de risa y el otro, Don Pancho Madero, de decepción.
Todo porque en esta época morenista ya quedó legalizada la reelección a ciertos cargos públicos. Claro, el detalle es ganar votantes, y si se le da a todos por su lado, el voto es seguro.
A los fumadores de mariguana, legalizando algunos aspectos de su vicio, a los pobres o flojos, dándoles dinero sin trabajar, a los que les gusta el aparato del poder, fomentando la reelección o brincando de un cargo de elección popular a otros. Dales por su lado y ganarás votos, diría un refrán.
El ex priísta señor López Obrador debería quitar de su emblema del gobierno federal la figura de Madero, pues ya puso su postulado de “No Reelección” fuera de moda, ya solamente sería el prócer un figurón.
Si una persona contiende por un cargo de elección popular es porque tiene un plan para mejorar a al País o una parte de él. Si lo cumple en ese lapso, ¿a qué reelegirse? Y si no lo cumplió por las circunstancias, ¿para qué se reelige?
En ambos casos, no existe la continuidad de ese trabajo, pero supongamos que es lo que se argumenta. Dan a entender que se reeligen porque sin ellos no podría vivir el poder equis, y solamente ellos le pueden dar continuidad al trabajo, nadie más para que no quede eternamente pendiente.
Por otro lado, si esa persona fue funcionario público y formó parte en el presidium que los veinte de noviembre solemnizaba la Revolución Mexicana podría ser que en el discurso oficial mencionara a lucha de Madero contra la reelección. Hoy la quiere en su cargo público. Definición indefinible.
En política hay actos que son el equivalente de escupir al cielo, y más si se brincó de un partido al otro y luego se argumenta que el partido anterior es la causa de los males actuales. En alguna ocasión la saliva volverá al rostro de quien escupió, pues el pasado partidario nos marca.
Pero el aparato que rodea a un cargo público es bonito en la mayoría de los estados, y a veces atrae más que el dinero que se percibe. No es lo mismo que digan “Ahí va Don Badulaque”, que “Ahí va el señor (O la señora) del gobierno”, y lo o la distingan con un trato especial.
¡En la torre!, dijo el buitre y siguió bailando, pero al ritmo de: “Botellita de jerez…”.

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